Hay debates que la humanidad lleva siglos arrastrando sin resolver. La existencia de Dios, el libre albedrío, si la tortilla de patatas va con o sin cebolla. Pero hay uno que trasciende la filosofía y entra directamente en el terreno de la dignidad: la piña en la pizza. Y no, esto no es un artículo gastronómico. Esto es una intervención.
Porque poner piña en una pizza no es una elección culinaria. Es un fallo de sistema. Un error de diseño tan profundo que, si la cocina fuese código, el compilador te devolvería un fatal error antes de que la masa entrase al horno. Y hay un programador cuarentón varado en el desierto del Namib que estaría completamente de acuerdo conmigo.
El origen del desastre: breve historia de una aberración
La pizza hawaiana —nombre que ya es un insulto a Hawái, a Italia y al concepto mismo de la toponimia— fue inventada en 1962 por Sam Panopoulos, un inmigrante griego afincado en Canadá. Conviene detenerse en este dato. Un griego. En Canadá. Decidiendo qué debe llevar un plato italiano. Hay algo profundamente perturbador en esa cadena de decisiones, como si alguien hubiese hecho un merge de tres ramas incompatibles y hubiera pulsado force push sin mirar el código.
Panopoulos, según su propia versión, abrió una lata de piña en almíbar, la volcó sobre una pizza con jamón y pensó: «Vamos a ver qué pasa». La frase exacta que precede a la mayoría de catástrofes documentadas en la historia de la ingeniería. Vamos a ver qué pasa es lo que se dice antes de conectar un cable que no sabes a dónde va, antes de ejecutar un script en producción sin haberlo probado, antes de mandar un mensaje a tu ex a las tres de la mañana. Nunca ha salido nada bueno de esa frase.
El argumento químico: cuando el pH te da la razón
Dejemos el humor un segundo —solo un segundo— para hablar de ciencia. La piña contiene bromelina, una enzima proteolítica que descompone las proteínas. ¿Sabéis qué tiene la mozzarella? Proteínas. ¿Y el jamón? Proteínas. Poner piña sobre una pizza es, literalmente, dejar que una fruta tropical digiera tu cena antes de que te la comas tú. No es un ingrediente, es un saboteador molecular.
La bromelina es la misma razón por la que no puedes hacer gelatina con piña fresca: destruye la estructura del colágeno. Es decir, la piña no solo no pertenece a la pizza, es que activamente trabaja en su contra. No es que no encaje. Es que está ahí para destruir. Como un topo infiltrado en la masa, desmontando la caseína del queso mientras todo el mundo mira para otro lado.
Y luego está la cuestión del agua. La piña es un 86% agua. Una pizza necesita calor seco para que la masa quede crujiente y el queso gratine con ese punto justo entre lo dorado y lo obsceno. Poner piña es como regar un circuito electrónico y esperar que funcione mejor. No funciona mejor. Se cortocircuita. Se empapa. Se convierte en una cosa triste y húmeda que nadie pidió.
El argumento italiano: cuando un país entero te dice que no
Italia tiene muchos problemas: la burocracia, el tráfico en Roma, la incapacidad colectiva de formar un gobierno que dure más de dieciocho meses. Pero si hay algo en lo que cincuenta y nueve millones de italianos están de acuerdo —incluidos los que no se ponen de acuerdo en nada más— es en que la piña no se acerca a una pizza. La Associazione Verace Pizza Napoletana, que lleva desde 1984 certificando la auténtica pizza napolitana, no menciona la piña en sus estatutos. No porque la prohíba explícitamente, sino porque mencionarla les parecería tan absurdo como incluir un apartado que dijese «tampoco se le pone yogur».
En 2017, el presidente de Islandia declaró públicamente que, si pudiera, prohibiría la piña en la pizza. Un jefe de estado. Hablando de toppings. En un acto oficial. Eso da una idea de la magnitud del problema: cuando la diplomacia internacional tiene que pronunciarse sobre un ingrediente, algo ha ido terriblemente mal.
El argumento lógico: la pizza no es un postre
Hay una regla no escrita en la cocina que funciona como un axioma de la programación: cada función debe hacer una sola cosa, y hacerla bien. La pizza es salada. Es queso fundido, tomate, masa fermentada, sal, aceite de oliva. Es un sistema cerrado y coherente. Introducir piña —dulce, ácida, tropical, mojada— es como meter un bloque try-catch dentro de un bucle for que ya funcionaba: técnicamente se puede hacer, pero el resultado es un código ilegible que nadie quiere mantener.
«Pero es que el contraste dulce-salado funciona», dicen los defensores de la aberración. Vale. También funciona el chocolate con sal. Y la mermelada con queso. Y nadie está proponiendo ponerle mermelada de fresa a una margherita. El hecho de que dos sabores puedan coexistir en algún contexto no significa que deban hacerlo en todos. Puedo meter una silla en una piscina. Eso no la convierte en un flotador.
El argumento existencial: lo que la piña dice de ti
Hay algo que va más allá del sabor. Pedir una pizza con piña es una declaración de principios. Dice que vives cómodo en el caos, que las convenciones te parecen sugerencias y que probablemente también pones la leche antes que los cereales. No es un defecto de carácter necesariamente, pero es un indicador. Como esas líneas de código que funcionan pero que, cuando las abres seis meses después, no entiendes qué hacen ni por qué están ahí.
Chema, el protagonista de mi última novela, lo tiene clarísimo. Es un programador de cuarenta y tantos que, entre sus muchas convicciones inquebrantables, sostiene que la piña en la pizza es la prueba definitiva de que la humanidad no merece un segundo intento. Y eso lo dice un tipo que acepta un reto suicida por Twitter y acaba vagando por el desierto del Namib durante veintitrés días. Un hombre que se arrastra entre dunas a cuarenta y cinco grados puede permitirse el lujo de morir deshidratado, pero jamás comería una pizza hawaiana. Hay límites.
PIZZA, TWITTER y 23 días en el INFIERNO — José María Palazón Molina
Chema es programador, tiene más de cuarenta años y un sentido del humor que debería estar regulado por ley. Cuando un reto viral en Twitter le deja varado en el desierto del Namib, descubre que sobrevivir no es cuestión de músculos ni de instinto: es cuestión de lógica, de cabeza fría y de no rendirse aunque el código de la vida no compile. Si Watney resolvía problemas en Marte con ingeniería, Chema los resuelve en el Namib con la misma herramienta que usa para todo: pensar como un programador. Eso sí, con peores recursos y sin piña en un radio de cinco mil kilómetros. Al menos eso.
Descubre la novela →La defensa imposible: qué dicen los que están equivocados
En honor a la honestidad intelectual —y porque hasta un artículo escrito con sesgo declarado debe reconocer que la otra parte existe—, repasemos los argumentos a favor de la piña en la pizza. El primero es «me gusta». Correcto. También hay gente a la que le gusta madrugar y gente que disfruta de las reuniones que podrían haber sido un email. Que algo te guste no lo convierte en aceptable. Me gustaría tener un león en casa. Eso no significa que sea buena idea.
El segundo argumento es la tradición culinaria de mezclar dulce y salado. Pato a la naranja, pollo al curry con mango, cerdo agridulce. Todos válidos. Todos con siglos de evolución gastronómica detrás. La pizza hawaiana tiene sesenta años y nació de un griego en Ontario que abrió una lata. No es lo mismo. Un coche de carreras y un carrito de supermercado tienen cuatro ruedas, pero nadie los confunde en una carrera.
El tercer argumento, y el más peligroso, es el de la «libertad individual». Que cada uno ponga lo que quiera en su pizza. De acuerdo. Cada uno puede hacer lo que quiera con su vida. Pero las decisiones tienen consecuencias, y una de ellas es que el pizzero te mire con una mezcla de lástima y perplejidad que no le dedica ni al que pide sin gluten.
Conclusión: la línea roja que no se cruza
Hay cosas que definen a una persona. Las grandes decisiones, los momentos de crisis, la forma en que trata a los demás cuando nadie mira. Y lo que le pone a la pizza. Chema, varado en un desierto sin agua, sin comida y sin cobertura, pasó veintitrés días resolviendo problemas imposibles con lógica de programador y un humor tan negro que absorbía la luz. Pero ni en el peor momento —ni cuando el cuerpo le fallaba, ni cuando la cabeza empezaba a jugarle malas pasadas, ni cuando la esperanza era un concepto más abstracto que un puntero en C— se le habría ocurrido que la piña pudiese ir en una pizza.
Porque hay situaciones extremas. Y luego hay aberraciones.
Y Chema siempre supo distinguirlas.