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Escribí una novela sobre un apagón en Europa antes de que ocurriera de verdad

27 marzo 2026 · José María Palazón Molina · 8 min lectura

El 28 de abril de 2025, estaba en casa cuando todo se apagó. El ordenador, las luces, el frigorífico. El silencio repentino de una casa sin electricidad tiene algo que no se parece a nada: no es el silencio de la noche, es el silencio de las máquinas que dejan de funcionar. Un silencio con peso.

Mi primera reacción fue técnica. Fusibles, cuadro eléctrico, vecinos. Lo habitual. Pero cuando salí a la calle y vi que no había un solo semáforo encendido en Alcantarilla, cuando el móvil empezó a perder cobertura y la radio del coche confirmó que la Península Ibérica entera estaba sin luz, se me heló algo por dentro.

Porque yo llevaba meses viviendo exactamente ese escenario. No en la realidad, sino en las páginas de una novela que estaba a punto de publicar.

La novela que no debería haber acertado

Blackout Europa se publicó en junio de 2025. Narra un ciberataque llamado Medusa que deja a España sin electricidad como ensayo general de un apagón continental. Elena Vega, ingeniera de Red Eléctrica, tiene 48 horas para descifrar el ataque antes de que Europa se hunda en la oscuridad.

Empecé a escribirla en 2024. No por intuición sobrenatural, sino por algo mucho más prosaico: llevo más de veinte años trabajando en tecnología y había leído informes del Ejército austriaco sobre la vulnerabilidad de las redes eléctricas europeas. El ejército austríaco —no un bloguero conspiranoico, sino un ejército de la OTAN— llevaba años advirtiendo de que un apagón continental era cuestión de «cuándo», no de «si».

Así que hice lo que hacemos los que escribimos ficción especulativa: tomé una advertencia real, le puse personajes, conflicto y un plazo de 48 horas, y dejé que la trama hiciera el resto.

El día que la ficción y la realidad se cruzaron

El apagón real no fue un ciberataque. Las investigaciones apuntan a fallos en la gestión de la red eléctrica, a oscilaciones en la producción renovable, a una cascada de desconexiones que nadie previó a tiempo. Las causas fueron técnicas, no criminales.

Pero la experiencia fue idéntica a lo que había imaginado escribiendo la novela. La desorientación inicial. La gente mirando sus móviles como si fueran a decirles algo útil, cuando los móviles sin red son pisapapeles con pantalla táctil. Los coches atascados en cruces sin semáforos. La radio como único medio de comunicación que funcionaba. La sensación —irracional pero potente— de que aquello podía no terminar.

Lo que no había imaginado era la velocidad a la que la normalidad se erosiona. En mi novela, el caos tarda capítulos en instalarse. En la realidad, bastaron minutos. La gente no necesita días sin luz para ponerse nerviosa; necesita que le quiten el wifi treinta segundos.

Lo que la ficción acertó (y lo que no)

Acertó en la fragilidad. La red eléctrica europea es un sistema extraordinariamente complejo y extraordinariamente frágil. Funciona porque miles de personas hacen bien su trabajo cada segundo de cada día. Basta con que algo falle en el momento equivocado para que todo se venga abajo.

Acertó en la dependencia. No sabemos vivir sin electricidad. No sabemos orientarnos sin Google Maps, pagar sin tarjeta, comunicarnos sin WhatsApp. Lo que en 1990 era una molestia, en 2025 es una emergencia.

No acertó en la duración. En la novela, el apagón dura días y la situación se deteriora progresivamente. El apagón real duró horas. Fueron horas suficientes para generar caos, pero no para el escenario extremo de la ficción. Afortunadamente.

No acertó en la causa. Medusa es un ciberataque sofisticado. El apagón real fue un fallo sistémico. Pero eso, paradójicamente, es más aterrador: no necesitas un villano para que las luces se apaguen. El sistema puede colapsar solo.

¿Soy profeta? No. Soy informático.

Cuando los primeros lectores empezaron a enviarme mensajes del tipo «¿cómo lo sabías?», la respuesta fue siempre la misma: no lo sabía. Lo había leído. Los informes sobre la vulnerabilidad de las redes eléctricas europeas están ahí, públicos, para quien quiera leerlos. Los expertos llevan años avisando. El problema es que los expertos publican PDFs de trescientas páginas y la gente lee titulares de veinte palabras.

Lo que yo hice fue traducir esos informes a un formato que la gente sí consume: una historia con personajes, tensión y un reloj haciendo tic-tac. La ficción especulativa no predice el futuro; lo hace legible.

Como informático, llevo toda mi vida trabajando con sistemas. Y la lección principal de trabajar con sistemas es que todos fallan. La pregunta no es «¿fallará?», sino «¿qué pasa cuando falle?». Esa pregunta, aplicada a la red eléctrica de un continente, es el punto de partida de Blackout Europa.

Un año después

Casi un año después del apagón real, la novela sigue recibiendo lectores que la encuentran por la conexión con lo que vivieron aquel 28 de abril. Uno de los comentarios más frecuentes en las reseñas de Amazon es lo «inquietantemente real» que resulta la lectura. No porque yo sea especialmente visionario, sino porque la realidad ya estaba ahí antes de que yo la novelara.

Entre tanto, sigo escribiendo. Mi segunda novela, PIZZA, TWITTER y 23 días en el INFIERNO, no tiene nada que ver con apagones: es la historia de un programador cuarentón varado en el desierto del Namib por culpa de un tuit. Humor negro, supervivencia analógica, cero tecnología.

Espero que esta vez la realidad no me dé la razón.

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8 reseñas de 5 estrellas en Amazon. Los lectores la describen como «adictivo y realista» y la comparan con la serie «24h» en formato novela. Ciencia ficción especulativa que se lee como un thriller y se recuerda como una advertencia.

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